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El T.O.C. es uno de los trastornos más perturbadores
“Tenía 13 años cuando noté por primera vez que algo andaba mal en mi vida cotidiana. Empecé a preocuparme por lo que hacía o dejaba de hacer y las posibles repercusiones en accidentes o daños a las personas que amaba: ¿Había cerrado la llave del gas de la cocina, o apagado la plancha?, ¿estaba seguro todo en casa?”
“Estos pensamientos venían a mi mente con demasiada frecuencia y para deshacerme de ellos tenía que comprobar una y otra vez que todo estaba en orden. Lo que había empezado como ansiedad pronto trastornó mi vida de arriba a abajo. No había nada que los disparase; simplemente, ocurrían”.
“Recuerdo que una vez pasé una hora en salir del baño intentando asegurarme de que la alfombrilla estaba totalmente plana para evitar que nadie tropezase con ella, pero cuanto más lo pretendía menos me aseguraba de haberlo conseguido. Al principio la comprobación resultaba tranquilizadora pero después los pensamientos intrusivos iban aumentando más y más lo que obligaba a asegurarme más y más. Era un círculo vicioso del que no podía salir.”
Como la mayoría de personas que sufren el problema, les es muy difícil hablar sobre el mismo con su familia y suelen ocultar sus pensamientos obsesivos y los rituales asociados a ellos.
"Solía pasar la noche llorando en mi cama o realizando rituales sin que nadie me viese. Ello me llevaba a aislarme. El tipo de pensamientos y los rituales son realmente embarazosos. Es muy, muy difícil abrirte y hablar de ellos. Me sentía ansiosa y en los peores momentos pensé en el suicidio”.
Gillian dijo que dos de los problemas principales que tuvo que afrontar fueron el diagnóstico y el tratamiento correctos.
Se le diagnosticó el T.O.C. a la edad de 26 años después de ser tratada sin éxito durante años de lo que los médicos sospecharon era una depresión.
“Cuando encontré el antidepresivo correcto para mi problema los efectos fueron bastante fuertes, pero no desistí. Más tarde acudí a varias sesiones de terapia cognitiva-conductual que me ayudaron muchísimo”.
Gracias a todo esto, Gillian es capaz de llevar una vida normal y trabaja a jornada completa.
“Tengo mis días malos. No se han ido todos los pensamientos intrusivos, pero ya no me perturban como lo hacían”.
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